Una Historia de historias

«Una Historia de historias» es un proyecto de memoria histórica, centrado en la materialidad de la memoria, que busca rescatar y traer al espacio público esas historias personales o familiares que no figuran en ningún libro de historia, pero que conforman la Historia de un país, reflejan las huellas y las cicatrices que esos tiempos de violencia y convulsión política dejaron en el paisaje de nuestra memoria colectiva.
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24 de octubre de 2024

De aquí no me muevo hasta que no aparezca

Una de las historias más recurrentes en mis reuniones familiares trata sobre los padres de mi madre. Su noviazgo transcurrió en la ciudad de Barcelona en una época marcada por la guerra, el dolor y la valentía de quienes lucharon en los campos de batalla. Sus padres, jóvenes entonces, habían vivido uno de los capítulos más oscuros de la historia de España: la Guerra Civil.


En los días de la contienda, su padre, un hombre que el destino había empujado al frente en la famosa Batalla del Ebro, desapareció sin dejar rastro durante meses. Su novia, la madre de mi madre, envuelta en una tormenta de angustia y temor, decidió emprender una búsqueda que muchos considerarían infructuosa, pero que para ella era una cuestión de vida o muerte. Sabía que los hombres del bando republicano desaparecían como sombras en la neblina del conflicto, pero la obstinación de la juventud la empujaba a desafiar lo inevitable.


Cada día, se dirigía a las oficinas de la capitanía militar, pidiendo información sobre su amado. Nadie le hacía caso. No era más que una joven en medio de una nación rota. Hasta que un día, harta de negativas, decidió plantarse allí, en la entrada. “No me iré hasta que me digan qué ha sido de él”. 


El destino quiso que ese mismo día pasara un oficial de alto rango. No se sabe si era capitán u otro cargo de mayor rango. Se detuvo al verla, intrigado por la joven y preguntó. “¿Qué hace usted aquí y por qué nadie la ha echado” preguntó con un tono de severidad matizada por la curiosidad. “Busco a mi novio”, respondió ella sin temblar. “Está desaparecido, y nadie me dice dónde está. De aquí no me muevo hasta que no aparezca”. 


El oficial, sorprendido por la temeridad de aquella joven, sonrió con una mezcla de admiración y condescendencia. “Si hubiéramos tenido más soldados con los cojones que tiene esta chica, hubiéramos ganado la guerra mucho antes”. 


Le pidió los datos. “Si está vivo, yo lo traeré”, le prometió. Y así fue. Al cabo de unos días, su padre regresó a casa. Pero no era el hombre que había partido meses antes. Era una sombra de sí mismo, un esqueleto cubierto de sarna y plagado de piojos de haber pasado el tiempo en un campo de concentración. Con el tiempo y con los cuidados de su valerosa amada, fue recuperando su humanidad, aunque las heridas invisibles de la guerra jamás terminarían de sanar del todo.


Aquel hombre, que en sus últimos días nunca revelaría los horrores que había vivido, había sido capturado en la famosa Batalla del Ebro. Dijo que era sanitario, tal vez para evitar la muerte, aunque no su captura. En aquel tiempo, muchos ocultaban su verdadera participación en la guerra, temerosos de las represalias, del juicio implacable de un país roto. Ana, como así se llama mi madre, nos suele relatar esta historia que lleva como una joya preciada en su memoria. Ella sabe que es más que una anécdota familiar. Es el testamento de una generación que había sobrevivido a los escombros de la guerra, donde el coraje de las personas, como su madre, había logrado desafiar las reglas inhumanas del conflicto.


20 de octubre de 2024

La cigüeña llegó bien

 Mi abuelo Luis nació en 1900 en Valencia en una familia católica y conservadora que vivía de vender ornamentos de iglesia (cálices, casullas, santos y vírgenes). No me consta que los años de la república (ni los primeros ni los últimos) los pasara mal en Valencia, pero tras el golpe de estado del 36 y al estallar la guerra sintió que estaba en peligro.

Continuos registros, amenazas, algún familiar detenido y, sobre todo, la posibilidad de ser enviado a filas en el bando republicano… le hicieron pasar a la clandestinidad mientras urdía un plan para unirse a las filas franquistas. Tras algunas peripecias que nos contaba de niño mi abuela (recuerdo como llamativa que se dedicó a la galvanotecnia para recuperar metales valiosos para la república…) decidió atravesar el frente de Teruel. En su aproximación se hizo pasar por enfermero para, desde el frente, saltar “al otro lado”.


Partió pues, dejando a mi abuela y a mi padre, (8 añitos tenía) y se dirigió al noroeste a lo largo de varios días interminables para mi abuela que vivía pegada a la radio.


Por fin, una mañana, un locutor, en el dial y el horario previsto, deslizó entre su discurso una frase: “la cigüeña llegó bien” y así supo mi abuela que el abuelo Luis había conseguido cruzar el frente sano y salvo. Al parecer, estos “códigos secretos” eran habituales para informar discretamente de deserciones exitosas en ambos bandos. 


Desde entonces la cigüeña se convirtió en una especie de firma para mi abuelo (un avatar diríamos ahora). Años después, el abuelo Luis pirograbó en un simple bastón esa cigüeña que para él y los suyos, significaba mucho más que un dibujito. Ese bastón aún está en casa de mi hermano con su inocente cigüeña que esconde una historia de divisiones, guerras y miedo que nunca debió producirse.

11 de octubre de 2024

Tío Pepe, ¡no te olvidamos!

Este es Pepe Marín Daza, el hermano de mi abuela, murió y desapareció en la guerra. Era de Las Menas, un pueblo de Almería, lo reclutaron con 17 años y murió con 18, en Villafamés. Hasta hace poco, mi abuela ha conservado la última carta que envió desde el frente, pero a sus casi 100 años ya no sabe dónde está. Sin embargo, conserva esta foto y la tiene pegada sobre otra, un retrato grande en la que salen mi abuela y sus hermanos ya adultos, todos tienen entre treinta y cincuenta y el pobre Pepe, que era el mayor de todos, les da un abrazo desde otra época con sus eternos 17 años.  Después de la carta ya no supieron nada y su padre, mi bisabuelo Blas, se fue a buscarlo cuando acabó la guerra por todos los campos de concentración de prisioneros. Encontró a algunos amigos de Pepe, consiguió liberarlos a todos y se los llevó de vuelta al pueblo. A su hijo, sin embargo, nunca lo encontró.

Hace poco le pregunté a mi padre cómo podían siquiera sus abuelos estar vivos, cómo no estaban todo el día tristes y pesarosos.  Y me respondió que la madre de Pepe puso su plato en la mesa durante años, por si volvía. Mi abuela, su hermana, creció y se casó con mi abuelo, que también tenía un hermano, Juan, que había muerto a los 17 años al volver enfermo de la guerra. El primer hijo de los dos, mi padre, se llamó Juan José, en recuerdo al hermano desaparecido de mi abuela y al hermano muerto de mi abuelo. Me puedo imaginar cómo sus tragedias los unieron hasta el punto de que en el momento más feliz de su vida, el nacimiento de su primer hijo, decidieron optar por la memoria.

2 de octubre de 2024

Encarcelación en la Guerra Civil

El objeto presentado es un acta de juicio de mi tatarabuela, Teresa Duque, fechada el 6 de mayo

de 1939 en Puertollano, Ciudad Real. Este documento llegó a mis manos gracias a mi abuela,

quien ha tenido la paciencia y dedicación de responder a todas las preguntas que le he planteado

sobre la historia de nuestra familia a lo largo de la Guerra Civil. Por este motivo, y con el objetivo

de lograr una mejor comprensión, me propongo relatar la historia desde su perspectiva:



Mi madre siempre me ha contado lo que sucedió aquel día. Mi tío, al igual que mi madre,
ocupaban
un cargo relativamente importante en el Partido Sindicalista de Puertollano. Esa mañana, un
Guardia civil, amigo de mi tío, se presentó en mi casa y le advirtió: “Alfonso, vete esta noche
que mañana vienen a por ti”. Mi tío al caer la noche huyó de Puertollano en dirección a Francia.

Al día siguiente llegaron los soldados, pusieron toda la casa patas arriba y al no encontrar a mi tío,

decidieron llevarse a mi abuela. Fue así como separaron a nuestra familia. Mi madre, después

de ver como un hermano huía, otra moría y a otros se los llevaban a colegios de caridad, decidió

llevar a su única hija, que había nacido en ese entonces, y partir tras mi abuela para poder

llevarle diariamente la escasa comida que tenía y asegurarse de que estuviera lo mejor posible

en esa situación. Después de pasar por muchas cárceles, mi abuela acabó en Santander.

Mi madre logró encontrarla después de haber perdido la pista al salir de Puertollano e iba a verla

a diario. Sin embargo, a las pocas semanas de encontrarla, un día, cuando fue a llevarle una fruta,

el secretario le dijo que había muerto a causa de una enfermedad y ya no estaba allí. Lo último

que decía mi madre siempre que le preguntaba era “yo la vi el día anterior y no estaba tan enferma.

Mi madre no se murió; a mi madre la fusilaron”. Nunca sabremos si fue así, pero hoy en día no

hemos conseguido saber dónde está enterrada mi abuela.


22 de septiembre de 2024

Un sobre i bitllets de la República

Quan buidarem la casa dels meus iaios després de la seua mort, a un calaix trobarem aquest sobre oblidat amb bitllets de la República. Ma mare em va explicar que eixos diners eren tots els seus estalvis quan va acabar la guerra. En eixe moment deixaren  de tindre cap valor. A ma casa, com a quasi totes, no es parlava mai de la guerra. Jo vaig nàixer al 65, encara amb el franquisme... Quan trobarem el sobre, ma mare, que al final de la guerra era una xiqueta de dotze anys, em va explicar moltes coses. Té el membret del xicotet comerç d'alimentació i "calcer" (era espardenyer) que ells tenien a Fontanars, un també xicotet poble de la província de València. La tendeta li va ser confiscada durant la guerra. Així funcionaven les coses...


Quan la guerra va acabar, sense el seu negoci, i amb un sobre d'estalvis que ja no valia res. El futur era incert... Els meus iaios van canviar la casa que estaven construint a poc a poc abans de la guerra per un porc ("no hi havia diners", em digué ma mare), van agafar quatre mobles, una xiqueta de dotze anys i un xiquet d'onze i van emigrar a la ciutat de València, amb altres cosins.

Hui em pose a la seua pell... i pense quant ens va canviar la vida a tots aquella guerra. Sense ella segurament la meua família, com moltes altres, no hagués emigrat a la ciutat per començar una nova vida perquè l'anterior s'havia truncat, ja no existia. I aquell sobre, ja sense valor, va continuar amb ells fins a la mort, a través de les nombroses mudances que van fer al llarg de la seua vida. Un "per si de cas tot canvia de nou", un lligam al poc que et queda del que vas ser...